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Día Mundial de la Asistencia Humanitaria: proteger a quienes ayudan y sostener la dignidad de quienes han tenido que dejarlo todo

Análisis 14 min de lectura Comunicación FSMX

Una voluntaria acompaña a un niño migrante mientras resuelven juntos un ejercicio escolar
Una voluntaria acompaña a un niño migrante mientras resuelven juntos un ejercicio escolar

Cada 19 de agosto, el mundo conmemora el Día Mundial de la Asistencia Humanitaria. No es una fecha para celebrar de manera superficial ni para reducir la acción humanitaria a imágenes de emergencia. Es un día para reconocer a las personas que acompañan a comunidades golpeadas por conflictos, desastres, desplazamientos y otras crisis; recordar a quienes han perdido la vida en esa labor; y exigir condiciones que permitan ayudar con seguridad, independencia y dignidad.

Una fecha con origen doloroso

El 19 de agosto de 2003, un atentado contra el Hotel Canal, sede de las Naciones Unidas en Bagdad, provocó la muerte de 22 trabajadores humanitarios, entre ellos Sergio Vieira de Mello, representante especial del secretario general de la ONU para Irak. Cinco años después, la Asamblea General de las Naciones Unidas estableció formalmente esta conmemoración, que hoy reúne a organismos internacionales, gobiernos, organizaciones civiles, comunidades religiosas y personas voluntarias.

Su significado, sin embargo, va mucho más allá de recordar un hecho histórico. El Día Mundial de la Asistencia Humanitaria plantea una pregunta vigente y difícil: ¿qué lugar ocupa la vida humana cuando las guerras se prolongan, las fronteras se endurecen, los desastres se multiplican y los recursos destinados a aliviar el sufrimiento resultan insuficientes? La respuesta no puede limitarse a admirar el valor de quienes ayudan. También debe traducirse en protección, financiamiento, responsabilidad pública y respeto al derecho internacional.

En su mensaje para 2026, el secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, ha vuelto a pedir protección para el personal humanitario y respeto a las reglas de la guerra. El llamado es urgente porque quienes llevan alimentos, agua, medicamentos, refugio y acompañamiento se encuentran cada vez más expuestos. Atacar a una persona humanitaria no solo pone fin o amenaza una vida; también interrumpe la ayuda que sostiene a comunidades enteras.

La dimensión de las necesidades

Las Naciones Unidas estiman que durante 2026 alrededor de 239 millones de personas requieren asistencia humanitaria urgente. Los planes humanitarios buscan alcanzar a 135 millones, una cifra enorme que, aun así, deja fuera a millones de seres humanos. Detrás de esa brecha existen tratamientos que no llegan, alimentos que se agotan, refugios que no abren y familias obligadas a enfrentar solas situaciones extremas.

No se trata únicamente de una insuficiencia económica. La acción humanitaria enfrenta restricciones de acceso, ataques, criminalización, desinformación y decisiones políticas que pueden impedir que la ayuda llegue a quien la necesita. Cuando disminuye el financiamiento, las organizaciones se ven obligadas a priorizar entre necesidades igualmente urgentes. Esa selección puede ser técnicamente inevitable, pero nunca debe parecernos moralmente normal que unas vidas reciban protección y otras queden abandonadas.

Venezuela y Colombia: cuando las cámaras se retiran

Los terremotos que recientemente golpearon a Venezuela y Colombia hacen visible esta realidad en nuestra propia región. El 24 de junio, Venezuela sufrió dos sismos de magnitudes 7.2 y 7.5, mientras que el 10 de agosto un terremoto de magnitud 7.4 sacudió el occidente de Colombia. Ante emergencias de esta dimensión, la asistencia humanitaria se vuelve especialmente visible durante las primeras horas, cuando se buscan sobrevivientes, se atiende a las personas heridas y se habilitan refugios; sin embargo, su verdadera duración es mucho mayor.

Cuando las cámaras y la atención pública se retiran, numerosas familias todavía necesitan alojamiento, atención médica y psicosocial, agua, alimentos, protección y apoyo para reconstruir sus viviendas y recuperar sus medios de vida. Los desastres también pueden provocar desplazamiento interno o agravar la vulnerabilidad de quienes ya se encontraban en movilidad. Por eso, la solidaridad con los pueblos venezolano y colombiano no debe entenderse como una reacción aislada: la recuperación requerirá acompañamiento, coordinación y recursos durante meses e incluso años.

Los principios que hacen posible la ayuda

La asistencia humanitaria parte de principios que deben conservarse incluso en los contextos más polarizados. La humanidad obliga a aliviar el sufrimiento dondequiera que se encuentre. La imparcialidad pide responder según la necesidad, sin discriminación. La neutralidad evita que la ayuda se convierta en instrumento de confrontación. La independencia preserva las decisiones humanitarias frente a intereses políticos, militares, económicos o religiosos. Estos principios no son conceptos abstractos: hacen posible llegar a personas que de otra manera quedarían desprotegidas.

También es indispensable distinguir entre asistencia humanitaria y caridad ocasional. Una respuesta seria no entrega solamente aquello que sobra ni decide desde fuera lo que una comunidad necesita. Escucha, evalúa riesgos, protege datos personales, establece mecanismos de queja y reconoce capacidades. Quien recibe apoyo no pierde su voz, su autonomía ni sus derechos. La dignidad no es un complemento de la ayuda: es el criterio que determina si esa ayuda verdaderamente cumple su propósito.

Migración y asistencia humanitaria: una relación que conviene precisar

Migrar no es, por sí mismo, una emergencia humanitaria, y presentar a todas las personas migrantes como víctimas sería impreciso y paternalista. Muchas personas se desplazan por trabajo, estudio, reunificación familiar o proyectos de vida. Sin embargo, los conflictos, la persecución, la violencia, los desastres, la pobreza extrema y la falta de protección obligan a millones a abandonar sus hogares y las exponen a graves riesgos durante el trayecto.

La movilidad humana contemporánea es compleja. En una misma ruta pueden coincidir personas refugiadas, solicitantes de asilo, víctimas de trata, familias desplazadas por la violencia, personas que huyen de desastres y migrantes con necesidades diferentes. Las categorías jurídicas importan porque determinan derechos y vías de protección, pero ninguna etiqueta disminuye la dignidad esencial de la persona. Antes que expedientes, nacionalidades o condiciones migratorias, encontramos historias, vínculos familiares, capacidades, temores y esperanza.

Los datos del desplazamiento forzado

Los datos más recientes de ACNUR confirman la magnitud del reto. Al cierre de 2025 había 117.8 millones de personas desplazadas por la fuerza en el mundo. Aunque la cifra registró una ligera disminución después de una década de aumentos, ACNUR advierte que ello se relaciona en parte con retornos realizados en condiciones adversas y no necesariamente con soluciones duraderas. Volver a un lugar inseguro o sin condiciones mínimas no equivale a recuperar el hogar.

En las Américas, el desplazamiento forzado creció de 21.9 millones de personas al final de 2024 a 22.8 millones al concluir 2025. Más de una quinta parte de quienes buscaron protección internacional en el mundo durante ese año procedía del continente americano. Venezuela, Cuba, México, Haití y Colombia figuraron entre los principales países de origen de nuevas solicitudes de asilo, reflejo de crisis diferentes que no deben simplificarse en una sola narrativa.

La niñez

La situación de la niñez demanda atención especial. Según el Plan Regional de Respuesta para Refugiados y Migrantes 2026, cerca de uno de cada cuatro niños y niñas enfrenta barreras relacionadas con la educación. Una inscripción negada, la falta de documentos, el cambio constante de residencia o la necesidad de trabajar pueden interrumpir aprendizajes y profundizar desigualdades. Proteger a la niñez migrante implica ofrecer un techo y alimentos, pero también escuela, juego, salud, cuidado familiar y entornos libres de violencia.

Haití

Haití ofrece una de las expresiones más graves de la crisis regional. Durante 2025, la violencia de grupos armados, los ataques contra civiles y la disputa territorial elevaron el desplazamiento interno a 1.4 millones de personas, un 38% más que el año anterior. El dato exige una respuesta de protección y, al mismo tiempo, obliga a combatir los discursos que responsabilizan a quienes huyen de una violencia que no provocaron.

Venezuela

La situación venezolana continúa teniendo una dimensión continental. Al cierre de 2025, ACNUR contabilizaba 417 mil personas refugiadas y seis millones de venezolanos en otras condiciones de necesidad de protección internacional. El 97% permanecía acogido en países de la región. Hay también un incremento de retornos, pero estos deben ser voluntarios, informados, seguros y acompañados de salvaguardas; nunca resultado de presiones, discriminación o falta de alternativas.

México

México ocupa un lugar decisivo en este panorama. Es país de origen, tránsito, destino, retorno y refugio, además de enfrentar desplazamiento interno. ACNUR reporta que al final de 2024 albergaba a más de 800 mil personas refugiadas, solicitantes de asilo, apátridas y otras que necesitaban protección, principalmente procedentes de Venezuela, Honduras, Haití y Cuba. Esta realidad demuestra que México ya no puede pensarse únicamente como un corredor hacia Estados Unidos.

Los cambios en las políticas migratorias y el descenso de algunos movimientos hacia el norte tampoco significan que hayan desaparecido las necesidades. Muchas personas quedan varadas, cambian de ruta, emprenden el regreso o buscan integrarse en ciudades mexicanas. Otras temen acercarse a las instituciones o carecen de información confiable. La reducción de cruces en un punto fronterizo no puede confundirse con el fin de las causas que obligan a desplazarse.

Las rutas migratorias pueden exponer a las personas a secuestro, extorsión, trata, violencia sexual, desaparición, explotación laboral, accidentes y discriminación. Las mujeres, niñas, niños y adolescentes, personas mayores, integrantes de la comunidad LGBTIQ+, personas con discapacidad y quienes viajan sin redes de apoyo pueden enfrentar riesgos diferenciados. Una respuesta humanitaria responsable debe identificar esas vulnerabilidades sin borrar las capacidades y decisiones de cada persona.

Las casas del migrante: mucho más que un lugar para dormir

Frente a esta realidad, las casas del migrante son mucho más que lugares para dormir. Son espacios donde una familia puede bajar la guardia durante unas horas, comer, bañarse, recuperar fuerzas, recibir información y tomar decisiones con mayor seguridad. También son puntos de observación privilegiados para comprender cómo cambian las rutas y cuáles son las nuevas necesidades. Su cercanía con las personas permite que la respuesta se adapte con rapidez y humanidad.

La Fundación Scalabrini de México A.C. trabaja para fortalecer y acompañar las obras sociales de los Misioneros de San Carlos Borromeo (scalabrinianos) en el país. Inspirada en el legado de San Juan Bautista Scalabrini, promueve la dignidad y los derechos de las personas migrantes, refugiadas, desplazadas y retornadas. Su labor se expresa en cuatro acciones inseparables: acoger, proteger, promover e integrar.

Desde la Fundación apoyamos la gestión de recursos, la construcción de alianzas, la comunicación responsable y el desarrollo de proyectos para que las casas y centros scalabrinianos puedan sostener una atención integral. Esta tarea quizá no siempre se ve desde fuera, pero es esencial. Cada alimento servido, consulta brindada, espacio reparado o taller realizado depende de personas, recursos, coordinación, rendición de cuentas y relaciones de confianza que deben cuidarse todos los días.

En la Ciudad de México, el Centro Comunitario Scalabrini y la Casa del Migrante Arcángel Rafael ofrecen acogida y acompañamiento a personas en contexto de movilidad. En Tijuana, el Centro Scalabrini de Formación para Migrantes impulsa procesos que fortalecen capacidades y oportunidades. Junto con otras obras de la red scalabriniana, estos espacios responden a realidades locales distintas, manteniendo una misma convicción: ninguna persona debe ser abandonada en el camino.

En estas obras, la atención comienza con necesidades concretas: alojamiento temporal seguro, alimentación, ropa, artículos de higiene y orientación. Se complementa con servicios médicos, dentales, psicológicos, jurídicos y sociales, ya sea de manera directa o mediante referencias a instituciones especializadas. También se desarrollan talleres de capacitación, actividades para niñas, niños y adolescentes, espacios comunitarios y acompañamiento espiritual, respetando siempre la libertad y la historia de cada persona.

El Centro Comunitario Scalabrini muestra además que la acción humanitaria y la integración no son etapas opuestas. Personas migrantes y habitantes de Magdalena Atlazolpa comparten talleres, servicios de salud, actividades y espacios de encuentro. Esta convivencia ayuda a romper prejuicios y demuestra que las comunidades de acogida también deben participar y beneficiarse de los proyectos. Integrar no significa pedir que alguien borre su identidad, sino construir condiciones para vivir juntos con derechos y responsabilidades.

Profesionalismo y cercanía

La asistencia humanitaria requiere profesionalismo, pero también cercanía. No basta con cumplir procedimientos si se mira a las personas con sospecha, se habla por ellas o se exhibe su dolor. La comunicación tiene una responsabilidad particular: informar sin revictimizar, obtener consentimiento, proteger identidades cuando sea necesario y evitar fotografías o relatos que conviertan el sufrimiento en espectáculo. Sensibilizar no exige despojar a nadie de su intimidad.

También debemos reconocer a quienes realizan esta labor en primera línea. Sacerdotes, religiosas, personal contratado, profesionales de la salud, trabajadores sociales, abogados, psicólogos, cocineras, responsables de limpieza, voluntariado y personas de las propias comunidades hacen posible la acogida cotidiana. La acción humanitaria no sucede solamente durante una gran emergencia. También ocurre al preparar alimentos, escuchar con paciencia, limpiar una habitación, gestionar una cita médica o explicar un trámite varias veces.

Sin embargo, la buena voluntad no puede sustituir recursos suficientes. Las casas de acogida necesitan alimentos, medicamentos, artículos de higiene, mantenimiento, personal capacitado, transporte y servicios básicos. También requieren fondos que puedan utilizarse donde la urgencia sea mayor, no únicamente en actividades visibles o fáciles de comunicar. Una donación responsable reconoce los costos reales de cuidar y permite sostener procesos, no solo inaugurar proyectos.

Cuidar a quienes cuidan

En este Día Mundial de la Asistencia Humanitaria también debemos hablar del cuidado de quienes cuidan. La exposición constante al sufrimiento, la presión por responder con pocos recursos y la incertidumbre pueden producir agotamiento y daño emocional. Proteger al personal incluye seguridad física, condiciones laborales dignas, formación, acompañamiento psicosocial y espacios de descanso. No es coherente defender la dignidad de las comunidades mientras se normaliza el desgaste de quienes las acompañan.

La conmemoración nos invita además a exigir rendición de cuentas. Los ataques contra civiles y personal humanitario no deben quedar impunes. Los Estados y las partes en conflicto tienen obligaciones claras bajo el derecho internacional. El acceso humanitario no puede utilizarse como moneda de negociación, y la ayuda nunca debe ser castigada. Defender estos principios es una responsabilidad política y ciudadana, no una tarea exclusiva de las organizaciones humanitarias.

Para la Fundación Scalabrini de México, esta fecha renueva una convicción nacida del Evangelio y del carisma scalabriniano: reconocer a Cristo en la persona migrante y hacer de la hospitalidad una forma concreta de justicia. La fe no reemplaza los estándares profesionales ni los derechos humanos; nos compromete más profundamente con ellos. La compasión verdadera no se limita a sentir el dolor ajeno, sino que se organiza para acompañarlo y transformar las condiciones que lo producen.

Devolver rostro y nombre a las cifras

En un contexto marcado por necesidades crecientes y recursos decrecientes, corremos el riesgo de acostumbrarnos a cifras que deberían estremecernos. Doscientos treinta y nueve millones de personas que necesitan ayuda no son una abstracción. Son millones de decisiones difíciles tomadas cada día: alimentar a los hijos o pagar un traslado, permanecer en un lugar peligroso o emprender una ruta incierta, solicitar protección o esconderse por miedo a ser detenido.

La respuesta comienza cuando devolvemos rostro y nombre a esas cifras, pero no termina allí. Se necesita apoyar de manera sostenida a las organizaciones que atienden, defender políticas migratorias basadas en derechos, rechazar la xenofobia, compartir información responsable y abrir oportunidades de integración. También hace falta escuchar a las personas migrantes y refugiadas como participantes de las soluciones, no únicamente como receptoras de ayuda.

Este 19 de agosto honramos a quienes, en medio de la violencia, los desastres y el desplazamiento, deciden permanecer al lado de otras personas. Recordamos a quienes perdieron la vida realizando esa tarea y acompañamos a sus familias y comunidades. Al mismo tiempo, renovamos el llamado a proteger al personal humanitario, respetar el derecho internacional y financiar las respuestas que sostienen vidas.

Desde la Fundación Scalabrini de México agradecemos a las personas, parroquias, empresas, instituciones, organizaciones y comunidades que hacen posible la atención en las casas y centros scalabrinianos. Cada gesto suma cuando se integra a un esfuerzo responsable y constante. La hospitalidad no resuelve por sí sola todas las causas del desplazamiento, pero puede impedir que el camino se convierta en abandono y abrir la posibilidad de comenzar de nuevo.

El Día Mundial de la Asistencia Humanitaria nos recuerda que la humanidad no es una idea pasiva. Se demuestra cuando protegemos a quien ayuda, cuando defendemos a quien huye, cuando compartimos recursos y cuando construimos comunidades capaces de recibir sin discriminar. En la Fundación Scalabrini de México seguiremos caminando junto a las personas en movilidad porque, como nos inspira San Juan Bautista Scalabrini, no hay humanidad sin hospitalidad.

Fuentes consultadas

  • Naciones Unidas, World Humanitarian Day y mensaje del secretario general con motivo del Día Mundial de la Asistencia Humanitaria 2026.
  • Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios, Panorama Humanitario Mundial 2026.
  • ACNUR, Forced displacement in 2025: Americas trends y perfil de México.
  • OIM y ACNUR, Plan Regional de Respuesta para Refugiados y Migrantes 2026.
  • Servicio Geológico de Estados Unidos, información sobre la secuencia sísmica de Venezuela de 2026.
  • Información oficial y reportes periodísticos sobre el terremoto de Colombia del 10 de agosto de 2026.
  • Fundación Scalabrini de México A.C., Reporte Anual 2024 y Modelo de Atención Integral.
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