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Del aplauso al turista a la dignidad del migrante: la lección de León XIV en tiempos del Mundial 2026

Análisis 9 min de lectura Comunicación FSMX

El papa León XIV reza junto a dos jóvenes migrantes durante su visita a las Islas Canarias
El papa León XIV reza junto a dos jóvenes migrantes durante su visita a las Islas Canarias

Cuando millones de personas cruzan fronteras por un sueño deportivo, el papa León XIV nos recordó el pasado jueves 11 de junio, en las Islas Canarias, que nadie debería ser rechazado cuando cruza una frontera para salvar su vida.

El mundo vive semanas de celebración. Estadios llenos, aeropuertos abarrotados, trenes, hoteles y ciudades enteras se transforman para recibir a miles de personas que se desplazan con motivo del Mundial 2026, un evento que ha convertido la movilidad humana en una de las protagonistas de este momento histórico.

Familias, aficionados, periodistas, voluntarios y trabajadores viajan entre países impulsados por la emoción, la cultura y el deporte. El desplazamiento es motivo de alegría, encuentro y celebración.

Sin embargo, mientras millones de personas son bienvenidas por el simple hecho de ser visitantes temporales, otra realidad continúa desarrollándose silenciosamente en distintos rincones del planeta: la de quienes no se desplazan por elección, sino por necesidad.

Es precisamente en este contexto donde adquieren una fuerza particular las recientes palabras y gestos del papa León XIV.

Durante una visita a las Islas Canarias —territorio que se ha convertido en una de las principales puertas de entrada a Europa para miles de personas migrantes y refugiadas provenientes de África—, el pontífice volvió a colocar en el centro una pregunta incómoda pero profundamente necesaria: ¿por qué la movilidad humana es celebrada en unos casos y rechazada en otros?

Más allá de discursos políticos o debates ideológicos, León XIV dirigió la mirada hacia algo mucho más esencial: la dignidad humana.

La dignidad no depende del lugar de nacimiento

El mensaje del pontífice no estuvo construido sobre estadísticas, sino sobre personas. Durante su encuentro con migrantes, agentes pastorales, voluntarios y organizaciones humanitarias, León XIV insistió en que nadie deja su hogar de manera voluntaria cuando la vida en su lugar de origen se ha vuelto imposible.

Las guerras, la violencia, la pobreza extrema, las persecuciones y las múltiples crisis que atraviesan diversas regiones del mundo empujan a millones de personas a emprender caminos llenos de incertidumbre.

Detrás de cada desplazamiento existe una historia. Existe una madre que intenta proteger a sus hijos. Existe un joven que huye de la violencia. Existe una familia que simplemente desea vivir sin miedo.

Por ello, el Papa recordó que el fenómeno migratorio no puede reducirse a una discusión técnica, administrativa o política. Antes que nada, se trata de una cuestión profundamente humana.

Cada persona migrante posee una dignidad intrínseca que no desaparece al cruzar una frontera, al perder documentos o al encontrarse en una situación de vulnerabilidad. Las fronteras pueden dividir territorios, pero no pueden disminuir el valor de una persona.

Canarias: una frontera que se ha convertido en símbolo

Las Islas Canarias representan actualmente uno de los escenarios más visibles de la migración contemporánea. Su ubicación geográfica las ha convertido en un punto de llegada para miles de personas que emprenden peligrosas travesías marítimas desde distintos países africanos.

El mar, que durante siglos ha sido símbolo de encuentro entre pueblos y culturas, también se ha convertido en un espacio donde convergen el sufrimiento, la esperanza y la incertidumbre.

León XIV quiso acercarse precisamente a esa realidad. No lo hizo desde la distancia ni únicamente desde el discurso institucional: su presencia constituyó un gesto en sí mismo. Escuchar, mirar a los ojos, acompañar y reconocer la humanidad del otro forman parte de una manera de comprender la migración que coloca a las personas en el centro.

El Papa recordó que la Iglesia está llamada a estar presente allí donde existe sufrimiento humano. No se trata solamente de brindar asistencia material, sino de construir una cultura del encuentro que permita reconocer al otro como un hermano y no como una amenaza. Porque cuando las personas dejan de tener nombre y pasan a ser únicamente cifras o categorías administrativas, comienza un proceso de deshumanización que afecta a toda la sociedad.

La paradoja de nuestro tiempo

Vivimos una contradicción que merece ser observada con atención. El Mundial 2026 nos muestra una extraordinaria capacidad de organización internacional. Tres países coordinan esfuerzos, reciben visitantes, facilitan desplazamientos y celebran la diversidad cultural. Las diferencias de idioma, costumbres y nacionalidades no son un problema; por el contrario, enriquecen la experiencia colectiva.

El mundo entero aplaude esta capacidad de encuentro. Y eso es algo positivo: el deporte tiene una enorme capacidad para unir personas. Pero esta misma realidad también nos obliga a formular una pregunta.

Si somos capaces de construir puentes para recibir a quienes llegan por entretenimiento, ¿por qué tantas veces levantamos barreras para quienes llegan buscando protección?

La pregunta no pretende enfrentar dos realidades distintas ni minimizar la importancia del deporte. Más bien busca evidenciar algo fundamental: la movilidad humana es una condición inherente a la historia de la humanidad. Los seres humanos siempre nos hemos desplazado. Nos movemos para estudiar, trabajar, comerciar, conocer nuevas culturas, reunirnos con nuestras familias o simplemente para sobrevivir. La diferencia radica en las circunstancias que acompañan ese movimiento.

Y precisamente ahí aparece la responsabilidad colectiva. Porque mientras una persona que viaja por turismo encuentra infraestructura, orientación, bienvenida y celebración, una persona que huye de una crisis humanitaria frecuentemente encuentra sospecha, rechazo y discriminación.

La pregunta de fondo es sencilla: ¿qué tipo de humanidad queremos construir?

La cultura del descarte y la cultura del encuentro

Las palabras de León XIV retoman una preocupación que la Iglesia ha sostenido durante décadas. La tentación de convertir a las personas en objetos desechables constituye uno de los mayores desafíos contemporáneos. Cuando una persona deja de ser considerada un ser humano y se convierte únicamente en un problema, una carga o una amenaza, la sociedad entera se debilita.

La indiferencia nunca es neutral. Produce consecuencias concretas: genera exclusión, normaliza el sufrimiento y construye muros invisibles que separan a quienes supuestamente merecen ser acogidos de quienes son considerados indeseables.

Frente a ello, el Papa propone la cultura del encuentro. Una cultura que comienza con acciones sencillas, pero profundamente transformadoras: escuchar, acompañar, respetar y reconocer la dignidad del otro.

El encuentro no significa ignorar los desafíos que implica la gestión de la movilidad humana. No supone negar la necesidad de políticas públicas ordenadas. Tampoco implica desconocer las legítimas preocupaciones de los países receptores. El encuentro significa que cualquier solución debe partir del reconocimiento de la dignidad humana. Sin esa base, cualquier respuesta estará condenada a fracasar.

El rostro humano detrás de cada frontera

Las fronteras son una realidad política y administrativa. Pero también son espacios profundamente humanos. Son lugares donde convergen historias, miedos, esperanzas y proyectos de vida. A menudo, quienes observan la migración desde la distancia olvidan esta dimensión: hablan de flujos migratorios, corredores humanitarios o controles fronterizos sin detenerse a pensar en las personas concretas que protagonizan esas historias.

León XIV recordó algo esencial: cada migrante tiene un rostro. Tiene una historia. Tiene un nombre. Y detrás de cada nombre existe una vida irrepetible.

Esta mirada transforma por completo la conversación, porque ya no estamos hablando de cifras. Estamos hablando de seres humanos. De personas que, en circunstancias distintas, podríamos ser cualquiera de nosotros. Nadie está exento de la vulnerabilidad: la historia humana ha demostrado una y otra vez que las crisis pueden modificar la vida de las personas en cuestión de días.

Por ello, la empatía no es solamente una virtud moral; es también un ejercicio de memoria. Recordar que todos compartimos una misma humanidad nos permite construir sociedades más resilientes y solidarias.

El papel de la sociedad civil

Uno de los elementos más valiosos de la visita de León XIV fue el reconocimiento explícito al trabajo de quienes acompañan diariamente a las personas migrantes. Voluntarios, organizaciones sociales, agentes pastorales y comunidades enteras sostienen un trabajo silencioso que rara vez ocupa titulares, pero que resulta indispensable.

La acogida no es un concepto abstracto. Se materializa en acciones concretas:

  • En un plato de comida.
  • En una cama segura.
  • En una consulta médica.
  • En una orientación legal.
  • En una escucha respetuosa.
  • En una palabra de aliento.
  • En un espacio donde una persona pueda recuperar la confianza perdida.

La solidaridad tiene una enorme capacidad transformadora porque devuelve humanidad allí donde muchas veces ha sido arrebatada.

Fundación Scalabrini: pequeños gestos que transforman vidas

En este contexto, el trabajo cotidiano de la Fundación Scalabrini adquiere una relevancia especial. Lejos de los grandes escenarios internacionales, la organización desarrolla una labor que coincide plenamente con la invitación realizada por León XIV: colocar a la persona en el centro.

Cada día, en México, hombres, mujeres, niñas, niños y familias enteras atraviesan procesos migratorios complejos que requieren mucho más que una respuesta asistencial. Necesitan espacios seguros, acompañamiento integral y oportunidades para reconstruir sus proyectos de vida.

La misión de la Fundación se inserta precisamente en esa lógica del encuentro. Una lógica que entiende que la hospitalidad no es un acto extraordinario, sino una forma concreta de reconocer la dignidad humana.

El trabajo cotidiano en albergues, centros comunitarios, programas de integración y acompañamiento social demuestra que otra manera de responder a la movilidad humana es posible.

No desde el miedo.

No desde el rechazo.

Sino desde la proximidad.

Tal como enseñó San Juan Bautista Scalabrini hace más de un siglo, las migraciones no son una amenaza para la humanidad, sino una oportunidad para construir una sociedad más fraterna.

Una invitación para nuestro tiempo

Quizás el mayor valor del gesto de León XIV sea precisamente su capacidad para recordarnos algo que parecía evidente, pero que frecuentemente olvidamos: migrar es profundamente humano. La historia de la humanidad es la historia del movimiento. Es la historia de personas que se desplazan, se encuentran y se transforman mutuamente.

El Mundial 2026 nos está permitiendo observar el lado luminoso de esa movilidad: el intercambio cultural, la celebración y la convivencia. Las palabras del Papa nos invitan a no olvidar el otro rostro de esa misma realidad: el de quienes se desplazan porque su supervivencia depende de ello.

No son dos mundos separados. Son dos expresiones distintas de una misma condición humana. Y ahí radica la gran lección de este momento histórico.

La humanidad ya ha demostrado que tiene la capacidad de organizar grandes eventos globales, construir puentes y celebrar la diversidad. El desafío pendiente consiste en extender esa misma capacidad de acogida hacia quienes más la necesitan.

Porque la verdadera grandeza de una sociedad no se mide por el tamaño de sus estadios ni por la magnitud de sus celebraciones, sino por la manera en que trata a las personas más vulnerables.

Y en un mundo cada vez más interconectado, la pregunta ya no es si las personas seguirán moviéndose. La pregunta es cómo decidiremos recibirlas.

Las palabras de León XIV ofrecen una respuesta sencilla y profundamente revolucionaria: reconociendo en cada migrante aquello que nunca debería ponerse en discusión, su dignidad humana.


Fotografía: sitio de RT.

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