La persona antes que su condición
Scalabrini se negó a ver a los emigrantes como un problema de Estado o como estadística. Por eso en nuestras casas no se pregunta primero por los papeles: se pregunta cómo estás y qué necesitas hoy.
Nuestra inspiración
El obispo que vio partir a los suyos y decidió que nadie debía caminar solo. Su nombre está en nuestra puerta porque su intuición sigue guiando lo que hacemos cada día.
1839 · 1905
Juan Bautista Scalabrini nació en 1839 en Fino Mornasco, un pueblo del norte de Italia. Fue ordenado sacerdote en 1863 y, a los 36 años, nombrado obispo de Piacenza. Ahí pasó el resto de su vida.
Le tocó gobernar una diócesis pobre en una época difícil: epidemias, hambre y una crisis agrícola que empujaba a familias enteras a marcharse. Fue un obispo cercano, que visitó personalmente sus 365 parroquias —muchas de ellas solo accesibles a pie o a caballo—, que apostó por la catequesis y que llegó a vender objetos de su propia casa para comprar alimento durante la carestía.
Pero lo que marcó su vida fue algo que vio en una estación de tren.
El momento que lo cambió todo
Un día de 1887, en la estación central de Milán, Scalabrini se encontró con cientos de personas apiñadas: hombres con la ropa gastada, mujeres con niños en brazos, ancianos sentados sobre sus bultos. Esperaban el tren que los llevaría al puerto, y de ahí a América. No sabían el idioma, no sabían a dónde llegarían, no sabían si volverían.
Aquella escena no lo dejó dormir. Escribió que en esos rostros vio el dolor de una patria que no podía dar de comer a sus hijos. Y entendió que la Iglesia no podía limitarse a despedirlos en el andén: tenía que irse con ellos.
Para el migrante, la patria es la tierra que le da el pan. Atribuido a San Juan Bautista Scalabrini
Cronología
De un pueblo de Lombardía a los altares: los momentos que explican por qué se le conoce como el Padre de los Migrantes.
Cerca de Como, en el norte de Italia, el 8 de julio. Fue el tercero de ocho hijos de una familia sencilla y profundamente religiosa.
Quiso partir como misionero a la India; su obispo le pidió quedarse. Enseña y luego dirige el seminario de San Abbondio.
En San Bartolomé, en Como, conoce de cerca la pobreza urbana y la vida de las familias trabajadoras.
Encabezará la diócesis durante 29 años, hasta su muerte. Impulsa la catequesis, la atención a los enfermos y la educación popular.
La congregación —conocida como los scalabrinianos— nace con un solo propósito: acompañar a los emigrantes allá donde vayan. Ese mismo año publica La emigración italiana en América, donde denuncia el abandono y el engaño que sufren.
Rumbo a Estados Unidos y Brasil, para vivir con las comunidades italianas que se estaban formando allá.
Impulsa la Asociación de patronato San Rafael, una red de laicos que orientaba a los emigrantes en los puertos para protegerlos de estafadores y traficantes. Por esos años alienta también a Francisca Javier Cabrini —hoy santa— a llevar su obra a Nueva York.
Funda, junto con Asunta Marchetti y el padre José Marchetti, las Hermanas Misioneras de San Carlos Borromeo, dedicadas sobre todo a la infancia huérfana de la migración.
Recorre durante meses las comunidades de emigrantes italianos. En 1904 hará lo mismo en Brasil, ya con la salud quebrantada.
El 1 de junio, día de la Ascensión del Señor. Poco antes había propuesto a la Santa Sede crear una oficina permanente dedicada a los migrantes de todo el mundo, sin importar su nacionalidad: una idea que tardaría décadas en concretarse.
Juan Pablo II lo declara beato el 9 de noviembre, tras un largo proceso iniciado en su diócesis.
El 9 de octubre, el papa Francisco lo canoniza en la Plaza de San Pedro. Ese día la Iglesia lo proclama oficialmente Padre de los Migrantes. Su fiesta se celebra el 1 de junio.
Su legado
Lo que empezó con un puñado de misioneros cruzando el Atlántico es hoy una familia presente en los cinco continentes: los Misioneros de San Carlos Borromeo, las Hermanas Misioneras de San Carlos Borromeo, las Misioneras Seculares Scalabrinianas y miles de laicos y laicas comprometidos.
Casas del migrante, centros de estudio y de incidencia, albergues en fronteras, parroquias de comunidades migrantes: el estilo es el mismo que hace más de un siglo. Estar donde está la gente que se mueve.
La Fundación Scalabrini de México es parte de esa familia. Nuestras casas en Tijuana, Ciudad de México y Zapopan son la versión mexicana de una intuición nacida en un andén de tren en 1887.
Por qué nos importa
No llevamos su nombre por tradición ni por nostalgia. Lo llevamos porque su manera de mirar sigue resolviendo, hoy, las preguntas concretas de nuestro trabajo.
Scalabrini se negó a ver a los emigrantes como un problema de Estado o como estadística. Por eso en nuestras casas no se pregunta primero por los papeles: se pregunta cómo estás y qué necesitas hoy.
Él no se quedó despidiendo trenes: mandó misioneros a vivir con la gente en el destino. De ahí nuestro modelo integral, que no suelta a la persona después del primer plato de comida.
Denunció públicamente los abusos de los agentes de embarque y promovió leyes de protección. Su caridad venía acompañada de exigencia. Por eso nuestra asesoría jurídica no es un extra: es parte del núcleo.
Pidió una atención para los migrantes de todas las nacionalidades, no solo para los suyos. Esa universalidad explica que atendamos a quien llegue, venga de donde venga y crea lo que crea.
Preguntas frecuentes
Son los miembros de la Congregación de los Misioneros de San Carlos Borromeo, fundada por Scalabrini el 28 de noviembre de 1887, y de las congregaciones femeninas y laicales nacidas del mismo carisma. Su misión específica es acompañar a las personas migrantes y refugiadas en cualquier parte del mundo.
El 1 de junio, aniversario de su muerte en 1905.
Es el título con el que la Iglesia lo proclamó oficialmente al canonizarlo, en octubre de 2022, reconociendo que fue el primero en organizar de manera sistemática la atención pastoral y social a los emigrantes.
Nuestra identidad e inspiración son cristianas y forman parte de la familia scalabriniana. La atención que ofrecemos, en cambio, es para todas las personas: es gratuita y no depende de la religión, la nacionalidad ni la situación documental de quien llega. El acompañamiento espiritual se ofrece a quien lo desea y nunca es una condición para recibir ayuda.
Escríbenos a comunicacion@fsmx.org y con gusto te compartimos materiales de la congregación scalabriniana sobre su vida, sus escritos y su obra.
Con tu ayuda, podemos seguir acompañando cada paso con dignidad y esperanza.