San Juan Bautista Scalabrini nació el 8 de julio de 1839 en Fino Mornasco, un pequeño pueblo de Como, Italia. Fue el tercero de ocho hijos en una familia sencilla y profundamente religiosa. Desde joven mostró una gran sensibilidad hacia los demás y una fe viva que marcaría su vida entera.
 
Estudió en el Instituto Volta y más tarde ingresó al seminario diocesano de Como, donde cursó filosofía y teología. En 1863, con solo 24 años, fue ordenado sacerdote. Su inteligencia y entrega lo llevaron pronto a ser profesor y luego rector del seminario de San Abundio. En 1870, fue nombrado párroco de la iglesia de San Bartolomé, donde su caridad y cercanía con la gente sencilla empezaron a distinguirlo.
 

Un obispo con los pies en el camino y el corazón en el pueblo

 
El Papa Pío IX lo nombró obispo de Piacenza en 1876. A partir de entonces, Scalabrini se entregó por completo a su diócesis: visitó personalmente sus 365 parroquias, muchas de ellas solo accesibles a caballo o a pie. Fue un pastor que caminó junto a su gente, compartiendo su fe, sus luchas y su esperanza.
 
Promovió tres sínodos diocesanos, reorganizó los seminarios, reformó los estudios eclesiásticos y consagró más de doscientas iglesias. Pero su mayor empeño fue acercar la Eucaristía al corazón del pueblo. Fomentó la comunión frecuente y la adoración perpetua, convencido de que la fuerza de la Iglesia nace del encuentro con Cristo.
 
Era un hombre incansable en la predicación, los sacramentos y la caridad. Durante las epidemias de cólera, asistía personalmente a los enfermos, visitaba a los encarcelados, ayudaba a las familias necesitadas y no dudaba en desprenderse de todo para socorrer a los pobres. Llegó incluso a vender su cáliz y su cruz pectoral, regalo del Papa, para comprar alimentos a los campesinos hambrientos.
 

Educador y apóstol de la fe

 
Scalabrini comprendió que una Iglesia viva necesitaba formar mentes y corazones. Por eso, fundó un instituto para niñas sordomudas, sociedades de ayuda mutua, cajas rurales y cooperativas. Fomentó la participación de los laicos en la vida de la Iglesia y en la sociedad, adelantándose a su tiempo.
 
El Papa Pío IX lo llamó “apóstol del catecismo”, pues hizo del anuncio de la fe su gran pasión. Quiso que en todas las parroquias se enseñara el catecismo, no solo a niños, sino también a adultos. En 1889 presidió el primer Congreso Catequístico Nacional y fundó el primer periódico catequístico de Italia, convencido de que la formación religiosa podía transformar la sociedad.
 

El pastor que abrazó a los migrantes

 
A finales del siglo XIX, Italia vivía una crisis económica que obligó a millones de personas a emigrar. Hombres, mujeres y niños partían hacia América en busca de trabajo, muchos de ellos en condiciones de explotación o en peligro de perder su fe lejos de su tierra.
 
Scalabrini fue uno de los primeros en comprender la dimensión humana y espiritual de ese drama. No los vio como cifras, sino como rostros concretos que clamaban consuelo y justicia.
 
Movido por la compasión y el Evangelio, el 28 de noviembre de 1887 fundó la Congregación de los Misioneros de San Carlos Borromeo (Scalabrinianos), aprobada por el Papa León XIII, con una misión clara: acompañar a los migrantes en su travesía, brindarles apoyo espiritual, social y legal, y asegurar que nadie quedara solo lejos de casa.
 
Poco después, impulsó a Santa Francisca Javier Cabrini, conocida como la madre de los migrantes, a viajar a Estados Unidos para cuidar a los niños, enfermos y huérfanos italianos.
Y en 1895, fundó la Congregación de las Hermanas Misioneras de San Carlos Borromeo (Scalabrinianas), para continuar esa labor entre las familias migrantes. De su legado nacerían también, décadas más tarde, las Misioneras Seglares Scalabrinianas, extendiendo su carisma al mundo laico.
 

Una fe que se hizo acción

 
El motor de toda su obra fue una fe profunda y un amor sin fronteras. Su lema lo expresaba con sencillez y fuerza:
 
“Hacerme todo a todos, para ganarlos a todos para Cristo.”
 
Vivía enamorado de la Eucaristía, pasaba largas horas en adoración y pedía que lo sepultaran con los objetos necesarios para celebrar la misa, signo de que su vida entera fue un altar de servicio.
 
También tenía una gran devoción a la Virgen María, a quien ofreció incluso las joyas de su madre para la corona de una imagen. Y sentía especial amor por la Cruz, que para él no era signo de dolor sino de esperanza.
 

Un legado que cruza fronteras

 
El 1 de junio de 1905, día de la Ascensión del Señor, Scalabrini partió al encuentro definitivo con Dios. Sus últimas palabras fueron:
 
“Señor, estoy listo… ¡Vamos!”
 
Más de un siglo después, su testimonio sigue inspirando a misioneros, religiosas y laicos en más de 30 países. Su visión profética sobre la migración, como oportunidad de encuentro, fraternidad y renovación de la fe, sigue siendo un faro para nuestro tiempo.
 
El 9 de octubre de 2022, el Papa Francisco lo canonizó en la Plaza de San Pedro, ante miles de fieles y migrantes de todo el mundo. Ese día, la Iglesia lo proclamó oficialmente “Padre de los Migrantes”, reconociendo su corazón universal y su compromiso con los más olvidados.
 

Un santo para los caminos del mundo

 
San Juan Bautista Scalabrini nos recuerda que cada migrante es un portador de esperanza y que abrir las puertas al otro es abrir el alma a Dios. Su vida, tejida de fe, servicio y valentía, nos invita a mirar la migración no como un problema, sino como una oportunidad para construir una humanidad sin fronteras.
 
“No hay humanidad sin hospitalidad.”
San Juan Bautista Scalabrini