Durante casi dos meses, el Centro Comunitario San Juan Bautista Scalabrini vivió una experiencia transformadora. No solo por las clases que se impartieron, los juegos compartidos o las actividades organizadas, sino por la presencia luminosa de una mujer italiana que, con humildad, alegría y entrega, supo tocar el alma de quienes cruzan nuestras puertas todos los días: Linda Meridio.
Linda no llegó como una turista, ni como una espectadora. Llegó como voluntaria. Pero, sobre todo, llegó como hermana. Con su mirada atenta, su sonrisa abierta, y sus manos dispuestas a servir, logró en poco tiempo lo que muchos tardan años en alcanzar: una conexión humana profunda, sincera y llena de amor con niñas, niños y adultos migrantes que enfrentan el exilio y el desarraigo con valentía cotidiana.
Un voluntariado que deja huella
La Fundación Scalabrini, inspirada en el legado del Beato Juan Bautista Scalabrini, cree firmemente que el voluntariado es más que una acción puntual: es un llamado, una vocación, un acto de justicia y misericordia. En Linda, este llamado se encarnó de manera ejemplar.
Desde el primer día, se integró con naturalidad al equipo ya la comunidad. Su acento italiano no fue una barrera, sino un puente. Sus clases para niñas y niños migrantes se convirtieron en espacios donde el aprendizaje se mezclaba con el juego, donde las letras se tejían con cuentos, donde la ternura era la pedagogía principal. Con los adultos migrantes, supo escuchar, acompañar, y sobre todo, estar presente. Linda no vino a enseñar desde una posición europea, vino a aprender con nosotros, a compartir, a vivir la sinodalidad de la que tanto nos habló el Papa Francisco.
Las palabras que nos dejaron
En su emotiva despedida, Linda compartió estas palabras, que hoy resuenan como testamento de su experiencia y testimonio de fe:
“Llegué a este Centro con mucha curiosidad, ganas de descubrir y de ayudar, También con un poco de miedo. Fue una decisión tomada de repente, siguiendo mi instinto, que me sugeriría ir a un lugar tan lejano y diferente.”
Y continúa:
“Te encontré abriendo la puerta por primera vez, o con muchos meses. viviendo aquí. Te encontré y tenías una sonrisa luminosa, o los ojos. tristes, miedo o alivio por haber llegado, por fin, a un lugar seguro donde poder comer y descansar”.
Esas palabras son más que una despedida. Son una semilla que ella dejó plantada en nuestra comunidad. Linda nos recordó que el servicio no se mide en horas, sino en presencia real. Que un abrazo puede ser tan poderoso como un documento migratorio. Que mirar con el corazón, como ella nos invitó, es la única manera de ver realmente al otro.
La espiritualidad Scalabriniana: al centro del servicio
El voluntariado en la Fundación Scalabrini no es un simple programa de ayuda. Es una expresión viva de una espiritualidad que reconoce a Cristo en cada persona migrante. Como nos lo recuerda nuestro Decálogo del Voluntariado Scalabriniano:
"Practico la empatía y la compasión. En cada persona migrante veo el rostro de Cristo y reconozco su dignidad, historia y derechos, actuando con respeto, paciencia y solidaridad.”
Linda vivió plenamente este espíritu. En ella se encarnó esa mística de “acoger, proteger, promover e integrar” que impulsa nuestra misión. Su servicio fue gratuito, generoso y profundamente humano, guiado por el deseo de compartir, no de imponer; de abrazar, no de juzgar.
La importancia del voluntariado: construir puentes, sembrar esperanza
El voluntariado es hoy más necesario que nunca. En un mundo marcado por la indiferencia, por el miedo al otro, por muros visibles e invisibles que separan, cada voluntaria y voluntario es un puente de esperanza. Personas como Linda nos muestran que la fraternidad universal no es una utopía, sino una posibilidad real que se construye día a día.
En el Centro Comunitario, cada gesto cuenta. Desde ayudar a preparar alimentos, impartir clases, organizar juegos o simplemente escuchar con atención. Nada es pequeño cuando se hace con amor.
Y como lo expresa nuestro programa:
“Invertir en voluntariado es invertir en humanidad, en dignidad y en el fortalecimiento de redes de apoyo esencial para los más vulnerables.”
Por eso, necesitamos más personas como Linda. Más corazones dispuestos a Mirar con compasión. Más manos abiertas a la entrega. Más voces que se levanten por la dignidad de quienes, por circunstancias ajenas, han tenido que abandonó su hogar.
Una carta abierta a Linda
Querida Linda:
Desde México, desde este pequeño rincón en Iztapalapa que hoy te sientes tan tuyo como nuestro, queremos darte las gracias. Gracias por tu dulzura. Gracias por tu paciencia. Gracias por tu fe sencilla y tu entrega generosa. Gracias por hablar con las niñas y niños no solo en otro idioma, sino en otro tono: el del alma.
Gracias por no rendirte cuando algo era difícil. Gracias por mostrarte ejemplo que el voluntariado no es solo una actividad, sino una forma de vivir. Gracias por demostrar que no hace falta compartir una nacionalidad para construir comunidad.
Te extrañaremos mucho. Las niñas y niños preguntarán por ti. los adultos recordarán tus palabras. El equipo seguirá inspirándose en tu ejemplo. Esta será siempre tu casa. México te espera cuando quieras volver. Y te Prometemos que aquí siempre habrá café, sonrisas y abrazos para ti.
Sembrar amor, cosechar transformación
La historia de Linda Meridio no es una historia aislada. Es una chispa que enciende muchas otras. Nos recuerda que aún en medio del dolor del exilio, del cansancio del camino, del miedo de lo incierto, hay luz. Y esa luz se llama solidaridad, hospitalidad, entrega.
En Fundación Scalabrini creemos profundamente en el poder transformador del voluntariado. Por eso, reconocemos con orgullo a personas como Linda, y Extendemos la invitación a quienes deseen seguir sus pasos. Porque como Ella misma dijo:
“De ti aprendimos que recibimos todo lo que damos.”
A ti, Linda, gracias por regalarnos ese ejemplo. Te llevas parte de nosotros, pero también deja una huella que no se borrará.
¡Presto! Ci vediamo longo la strada!
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